Lunes 15 de Febrero de 2016
Mi esposa comenzaba a ejercer como médico pediatra en el Hospital Enrique Baltodano Briseño de Liberia.
La historia no inicia aquí, pero ese día se volvió una realidad.
La transición a nuestro nuevo destino, y creo que esto es una constante en nuestra vida, estuvo lleno de incertidumbre. Sabíamos el "cuando", pero no sabíamos el "dónde". No voy a explicar por qué, pero la CCSS y el CENDEISSS no son la cosa más considerada a la hora de distribuir a sus nuevos especialistas.
Lo que sé muy bien es que oramos; oramos fervientemente, buscando la dirección de Dios, y pidiéndole que por favor nos llevara a un lugar donde pudiéramos servirle.
Dos semanas antes, sin conocer a nadie, visitábamos Liberia, buscando un lugar donde vivir.
El Domingo 7 de Febrero asistíamos por última vez como miembros a nuestra iglesia local, donde crecimos y servimos por años, y hoy nos despedíamos de nuestros hermanos en Cristo.
¿Fuimos enviados? No lo sé. Se que nos abrazaron, oraron por nosotros, y nos dejaron ir, confiando en que nuestras manos serían útiles en el lugar y la iglesia a donde Dios nos estaba llevando.
Esa misma semana empacamos todo lo que cupo en el KIA y el pequeño Volkswagen que teníamos. Todo lo demás se quedó atrás, guardado en nuestra casa recién construída, la cual nunca llegó a ser verdaderamente nuestra. Sillones, refigerador, cocina, cama, mesa, y mi vieja motocicleta; todo lo que no entro en los carros "nos esperaba" para regresar en algún otro momento... otro momento.
Lo cierto es que nunca más dormiríamos en esa casa.
Nuestra promesa
Un año de servicio, eso le prometimos a Dios.
Si Él nos había permitido construir una casa, lo más lógico es que nos dejaría volver a ella.
Pero los planes de Dios eran otros.
El contrato de servicio social de mi esposa era de un año, luego otra rifa más que determinaría nuestro destino durante los próximos tres años. No me preguntes por qué, así funciona el sistema de salud en Costa Rica.
Nuestro primer año en Guanacaste nos permitió observar la gran necesidad que existía tanto en la comunidad, como en la iglesia local y en los hermanos que hacían la obra. No es fácil servir solo.
Dios se glorificó, a pesar de nuestras grandes equivocaciones, nuestra inmadurez y nuestra insuficiencia; cosas de las cuales no me siento orgulloso. Aún así, Dios estaba obrando cada día, e hizo grandes cosas con y a través de nosotros.
Cuando la decisión de "volver a casa" tocó la puerta, Dios dijo "NO".
¿Cómo abandonar la obra?
¿Cómo dar la espalda por simple comodidad?
¿Como poner "mi casa" por encima de la casa de Dios?
La tentación vino, y las oportunidades también: posgrados, trabajos, pocisiones... pero Dios había sido claro, debíamos permanecer aquí. Al menos por ahora.
Es así como finalmente nuestra "no-casa" quedó vacía.
Durante un año y medio habíamos vivido en un pequeño apartamento sin nuestras cosas. No era nuestro hogar, no pertenecíamos ahí. Así que empacamos todo lo que teníamos en ambas casas y nos movimos a un nuevo lugar, donde hemos vivido durante los últimos ocho años y medio.
A veces me pregunto, ¿por qué Dios nos permitió construir una casa para que estuviese vacía?
Luego recuerdo que Dios utilizó esa casa vacía para su honra y gloria de muchas maneras, y se me pasa. Pero ese es tema para otro día.
¿Por qué estamos aquí?
Estamos aquí porque Dios nos trajo, punto. Nos hemos quedado porque Dios nos mantuvo aquí. Nuestras profesiones y trabajos fueron símplemente un vehículo de Dios para hacernos venir.
Es curioso porque, en medio de los conflictos, algunas personas han querido insinuar que nuestro motivo para vivir en Liberia es el trabajo de mi esposa, pero tanto mi esposa como yo podríamos estar en cualquier otra parte del país. Pensar diferente es menospreciar la guía y el cuidado de Dios a lo largo de los años, abriendo y cerrando puertas para llevarnos de un lugar a otro.
Nosotros teníamos una hermosa casa en Cartago, digo teníamos porque luego de 8 años Dios finalmente abrió la puerta para que se vendiera, la cual construímos nosotros mismos y a la cual podríamos haber regresado justo al terminar el primer año de servicio social de mi esposa. Pero, repito, Dios tenía otros planes.
Abraham se ha vuelto un personaje sobre el cual reflexionar en estos últimos años, especialmente cuando Dios dice que "si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver" (Hebreos 11:15). Ciertamente tuvimos tiempo de volver, aún ahora, pero ya no hay casa... ni modo.
Al día de hoy, lo que sé es que Dios nos trajo a esta preciosa tierra. Muchas veces he escuchado a hermanos decir que es dura o árida, y tienen razón, muchas veces; pero también, muchas veces, Dios nos permite ver el fruto y crecimiento que Él produce cuando inviertimos tiempo regándola y no sólo arándola (el que lee entienda).
Amar duele, punto
Creo que la parte más difícil es mirar atrás y pensar en todo lo que se ha puesto en el altar. Cada cosa que le has entregado a Dios, confiando en que es Él quien te guía y te sostiene. No lo digo para aparentar piedad, mucho menos para proyectar lástima. Es reconocer lo que se ha entregado:
Familia, amigos, trabajos, oportunidades, comodidad, salud, sueños... Y la constante pregunta en nuestra cabeza:
¿Valió la pena?
¿Acaso no hubiera sido más fácil regresar?
¿En qué momento se nos ocurrió venir acá y aún quedarnos?
Encima de todo, el constante recordatorio, en tu mente y el la boca de otros, de lo que no eres: no eres misionero, no eres pastor, no eres padre, no eres amigo, no eres miembro, no eres parte, no eres nadie...
Es cierto, no somos nada aunque, muchas veces, el precio que pagamos es el mismo. Atravezamos pruebas, enfermedades, pérdidas, soledad, y todo lejos de un lugar al cual pertezcamos, porque muchas veces pareciera que no tenemos un lugar al cual pertenecer.
Lo soportamos todo en obediencia. Obedecemos porque amamos.
Amamos a Dios, amamos a nuestros hermanos, y amamos esta tierra, por dura que muchas veces sea y aunque tengamos que morir a nosotros mismos en cada paso de obediencia, lo cual no suele ser nada fácil ni agradable.
Amar duele, porque te lleva a sacrificarte por otros. Y duele más cuando aquellos por quienes te sacrificas son incapaces de ver tu amor por ellos, y a veces por tu amor te devuelvan odio.
Pero aún así amamos y, en medio del dolor, nos gozamos en ello.
Decir adiós
Decir adiós fue atravesar el dolor de soltar. Es enfrentar el dolor del "nunca más" y dar un salto al vacío sin saber qué hay más allá.
Recuerdo, hace algunos años, un evento para familias de niños que habían muerto de cancer. Padres, madres, hermanos, y familiares de los pequeños, todos aferrándose a un globo blanco lleno de Helio. No puedo tan siquiera entender el intimo dolor de ese momento para cada uno de ellos.
Soltar ese globo representaba algo tan doloroso y tan necesario a la vez que, de igual manera, no podía apresurarse.
Soltar, dejar de aferrarnos, morir a nosotros mismos, decir adiós.
Es aquí donde Dios pregunta, "¿confías en mí?"
La respuesta correcta siempre es sí, pero la verdad es que no quiero. No me gusta decir adiós porque duele.
"Señor, ¿por qué me pides esto? por favor, no me obligues a decir adiós"
Dios nos dio tiempo, tiempo hasta que estuviésemos listos, tiempo hasta que fuera inevitable; hasta el momento en que seguir aferrándonos a ese globo blanco no era otra cosa sino idolatría y desobediencia.
Era necesario decir adiós, por doloroso que fuera.
La siguiente parada
¡Cómo odiaba pensar en nuestra no-casa! ¡Cómo me esforzaba por no visitarla para evitar el apego! Pagabamos, por un lado, la hipoteca cada mes durante más de ocho años y, por otro lado, el alquiler de nuestra no-casa en Liberia. Odio ese sentimiento de no poder pertenecer a ningún lugar, de no poder echar raíces en ningún lugar. Repito, nuestra vida ha estado marcada por la incertidumbre.
Sé que suena un poco tonto pero a veces me pregunto, si morimos ¿Dónde nos van a enterrar? ¿Cerca de nuestras familias o cerca de donde hemos "servido" por años pero donde la nuestra será simplemente una tumba más?
Es difícil, realmente difícil, no saber qué es lo que Dios tiene para nosotros en el futuro. Atravesamos pruebas, sabiendo que Dios está trabajando en nuestras vidas y nos está preparando para algo más, pero no sabemos (o no sé) cuanto tiempo esperar a que Dios me muestre el siguiente paso.
¿Y si esperé demasiado?
¿Y si por esperar (o dudar) la oportunidad simplemente ya no está?
¿Y si, por temor, echo a perder el plan que Dios tiene para mí?
¡Alto un segundo!
Cuidado con esos pensamientos, porque fácilmente te pueden llevar a la parálisis en tu vida espiritual. Créeme, ya pasé por ahí. Con tanto temor de dar un paso en falso que al final no doy ninguno. Atorado en, "¿Señor, qué quieres de mí?"
Odio la incertidumbre porque me da miedo no saber... y creo que a todos nos pasa, la verdad.
No sé cual es la siguiente parada, no se cuándo, no sé dónde; es más, no sé si hay una siguiente parada. Escucho las voces y el consejo de lo que muchos creen que debería ser nuestra vida.
Si venga de Dios o del hombre, no sé, aún lo estoy determinando.
Es difícil cuando muchos quieren opinar acerca de tu vida pero muy pocos realmente te acompañan en el camino.
Al final, la incertidumbre se vuelve un obstáculo para obedecer a Dios, y para abrir tu corazón a los hermanos porque sabes que cuando tengas que decir adiós vas a tener que enfrentar el dolor de soltar.
Pasos
Creo que aprender a confiar en Dios y vivir sin saber qué hay después del siguiente paso ha sido el reto más grande para nosotros (o para mí). Pienso en Abram (sin "h"), en la forma que Dios lo describe cuando dice que "salió sin saber a dónde iba" (Heb. 11:8).
Este fue uno de nuestro últimos grandes pasos de fe. Entender después de muchos años de orar, en medio de conflictos, que muchas veces estuvieron fuera de nuestras manos, que debíamos entregarle nuestro futuro a Dios, y salir, sin saber a dónde íbamos.
Salir... duele muchísimo. Al dejar a las personas que amas, aún a aquellas que sientes que no han procurado tu bien pero que aún así las amas; siempre dejas atrás una parte de tu corazón - otra parte más. Luego vuelves a ese terrible estado de no-pertenencia.
Salir, cuando ya habías propuesto en tu corazón que, si era la voluntad de Dios, morirías en ese lugar.
Pasos de fe, confiando en Dios, aunque nada tenga sentido y no quieras hacerlo, y pienses, "'¿En qué momento se me ocurrió...?"
"¿Qué me garantiza que esto viene de Dios?" Él, por medio de su palabra. Dios fue fiel en hablarnos a través de nuestro tiempo con Él, de los hermanos, del liderazgo, y aún por medio de personas que no sabían nada de lo que estaba sucediendo, diciendo, una y otra vez, ¡salgan!
Cualquier cosa que Dios nos haya dado, de todas maneras es de Él, y hoy nos la estaba pidiendo de vuelta.
La palabra de Dios nos enseña que "El corazón del hombre piensa su camino; Mas Jehová endereza sus pasos" (Prov. 16:9). Mi problema era este: yo quería que Dios me mostrara el destino, pero lo que Él me estaba diciendo era "símplemente camina, comienza a caminar" ¡Dios no puede enderezar un paso que tú aún no estás dando!
Constantemente le preguntamos a Dios, "¿hacia dónde?", mientras Él nos dice, "'¿confías en mí? solo camina."
Puertas
Hay cosas que Dios aún me está enseñando, algunas de ellas de forma muy irónica.
A veces siento que una vez que le entrego a Dios un área que Él me está pidiendo, y que está interfiriendo con mi crecimiento, luego encuentro una puerta cerrada en esa área.
Y muchas veces parece que la obediencia, o lo que entendiste como ese paso tan dificil, se castiga con puertas cerradas que te impiden avanzar hacia aquello que Dios estaba pidiendo de ti en primer lugar. Curiosamente, las personas que te recuerdan lo que no eres y te "exigen" que lo seas, son, muchas veces, las mismas cerrando la puerta para que puedas llegar a serlo.
¿Será Dios? ¿Será el hombre? ¿Será Dios por medio del hombre?
No lo sé. Mi trabajo es confiar en Dios.
Antes corria mucho, me dijeron muchas veces; ahora no puedo correr.
He aprendido a no forzar, a esperar. Estoy aprendiendo también a qué puertas tocar y cuales símplemente dejar ir.
Afuera la necesidad es abrumadora y esta preciosa tierra murere sin Cristo. Muchas iglesias también están muriendo, no hay una nueva generación preparándose para tomar la batuta después de nosotros, y duele mucho pensar que parece que a nadie realmente le importa.
Aún así, no existe una sola puerta que yo sea capaz de abrir. Solo Dios tiene ese poder.
¿Por qué nos trajo Dios aquí hace 10 años?
La respuesta es muy sencilla, "no tengo la menor idea". No sé si este es el destino final o simplemente una parada en el camino que Dios ha preparado para nosotros.
Sé que aún no soy lo que Dios tiene preparado para mí, pero eso lo sabemos todos (Fil. 1:6). Sé que me falta aprender y crecer. Sé que me falta fe.
Sé que aún tengo que estar aquí, aunque la tierra a veces sea dura, y vivamos en una constante incertidumbre.
Sé cual es mi siguiente paso hoy, y eso me basta para hoy.
Es cierto, el pasado es sumamente doloroso, y el sacrificio ha sido grande a lo largo del camino. Siempre está latente el temor a tener que decir adiós a aquellos a quienes amas, y siempre están sobre nosotros los ojos de muchos, y no todos desean nuestro bien.
Pero seguimos adelante por amor...
Algún día podré ver la obra maestra de Dios y su maravilloso plan para nuestras vidas desde su perspectiva, y no habrá necesidad de preguntarle, "¿por qué?"
Mientras tanto, como Pablo, es necesario soltar y correr "olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante," y vivir con la decisión de que "prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Fil. 3:13-14).
En 10 años, sé que he hecho muchas cosas mal, pero también sé que la gracia de Dios es mayor que eso.